Schopenhauer en Radio Nacional de España: “Diálogos en la caverna”

Les presentamos a continuación un diálogo ficticio preparado por Carlos Javier González Serrano, presidente de la Sociedad de Estudios en Español sobre Schopenhauer (SEES), para su emisión en Radio Nacional de España. El autor agradece públicamente a los impulsores de este programa su apoyo y tesón por que la filosofía tenga un lugar en la sociedad actual, y por dar voz a Schopenhauer: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

Pueden escuchar el diálogo dramatizado en este enlace. Más abajo puede leerse el diálogo en su versión ampliada:

Corría el mes de febrero de 1854. Hacía algunos días que, en una librería de viejo de Dresde, había dado con una obra singular de título algo pomposo: El mundo como voluntad y representación, escrita por una tal Arthur Schopenhauer. ¿Schopenhauer? ¿Quién era Schopenhauer? Hojeando algunas de sus páginas caí en la cuenta, no sin sorpresa, de que en aquel mamotreto su autor aseguraba haber encontrado el misterio último del mundo, la esencia que todo lo envuelve, una extraña e irracional “voluntad de vivir”.

Me decidí, aunque contrariado, a adquirir el volumen. Al llegar a casa, y tras comenzar a leer, no pude abandonar el libro hasta que los primeros rayos de sol, que anunciaban la aurora de una nueva jornada, hirieron las paredes de mi pequeño apartamento. ¡Una nueva aurora! ¡La llegada de un nuevo sol! ¡Eso mismo presagiaba Schopenhauer! En aquel instante, henchido de una desbordada pasión, puse rumbo a la estación (aún con la ropa del día anterior y sin apenas haber probado bocado en las últimas quince horas), con la esperanza de reunirme con ese hombre al que casi por instinto consideraba ya mi maestro. Pero ¿a dónde dirigirme?

No contaba con que el Destino sólo muestra algunas de sus cartas y guarda el resto para sorprendernos. Al salir de casa me topé con el encargado del correo, que traía telegrama urgente. En él pude leer: “La solución es voluntad. El oráculo está en Frankfurt, y se llama Arthur Schopenhauer”. Al parecer, alguien se había adelantado en mi descubrimiento. Confirmé mis sospechas al comprobar el remitente: se trataba de un viejo amigo de la infancia que por entonces comenzaba a hacerse célebre como músico, Richard Wagner.

–Maestro, he leído con fruición su obra principal, y he descubierto…

–¡Descubrir! Todo estaba ya descubierto. Sólo hacía falta que alguien como yo viniera al mundo y tradujera la sabiduría milenaria a caracteres comprensibles para todos. Y aun así habrá quien siga creyendo en las grandilocuentes paparruchas de ese Hegel, que ya cría malvas desde hace tiempo, afortunadamente.

–La voluntad, qué singular concepto.

–¿Singular? ¿Concepto? Pero ¿me ha leído usted atentamente? ¿Y dice usted que se declara discípulo mío? No me haga reír y vuelva a estudiar mis obras, esta vez con tesón. Desde muy joven cobré consciencia de que un inamovible motor, tan perverso como inconsciente, hacía mella en todo lo existente. Allá donde fuera (y créame, viajé mucho en mi infancia gracias a mi padre) encontraba por doquier la misma manifestación de eso que erróneamente llama usted “el concepto de voluntad”. La voluntad no es un concepto, es nuestra más sublime intuición, que llegamos a conocer a través de las confesiones de nuestro cuerpo. La voluntad es lo que envuelve el universo, lo que le procura movimiento y lo que, a la vez, hace que todo ser se devore a sí mismo en una perpetua escena teatral.

–¿Teatro? ¿Así que somos marionetas?

–Permítame decirle que hace usted gala de una magnífica incultura. ¿No ha leído a los grandes pesimistas de las letras españolas? ¿Calderón de la Barca, Baltasar Gracián? La más errónea y arraigada creencia del ser humano es pensar que ha nacido para ser feliz. La voluntad nos empuja, en una perpetua lucha, a hacernos cargo de desbordados deseos que nunca encuentran una satisfacción definitiva, y cuando esos deseos parecen haberse apaciguado, llega al paso el terrible aburrimiento, que nos convierte en un ser despreciable que deambula a oscuras en busca de un nuevo deseo que satisfacer.

–Entonces, ¿cómo podemos alejarnos de ese horrible mecanismo que nos encadena a desear eternamente?

–La voluntad acecha, mi querido pupilo, y tenga presente que es tentar al hombre dejarle elegir. ¡Porque siempre elegirá el mal! Además, no somos libres, téngalo en cuenta. El determinismo más absoluto imprime su sello en todo lo que ve. Sólo una lúcida y permanente negación de esa voluntad, a través del ascetismo más puro, puede lograr acabar con el funesto imperio de la voluntad.

–¿Y cómo la negamos? ¿Es el suicidio entonces la salida a este entuerto, maestro?

–¡Deje de decir sandeces y léame, léame con fruición! El suicidio es, junto a la sexualidad, la trampa más tenaz que la voluntad nos tiende. Quien comete suicidio no acaba con la voluntad, sino que se rinde ante ella. Aunque existen profundas oscuridades en nuestro ánimo que son difíciles de explicar…

–¿Profundas oscuridades? Y si me permite, ¿qué encuentra en la sexualidad tan deprimente? ¿Acaso el placer no es también necesario para caer en la cuenta de que esa voluntad ha de ser superada?

–El placer nos vapulea, nos conduce a la envidia y nos hace creer que en este mundo de ilusiones y quimeras es posible encontrar la felicidad. Métaselo bien en la sesera: el dolor y el sufrimiento son los goznes del universo. Sólo ellos pueden hacernos ver que la mejor existencia es la que pasa indolora, tranquila y soportablemente. La sexualidad reproduce ese dolor y ese sufrimiento de manera indefinida. Y por eso debemos defenestrarla.

–Por hoy tengo suficiente materia de reflexión…

–¡Jamás! ¡Jamás se tiene suficiente materia de reflexión! Tenga por regla bastarse a usted mismo y no depender de nadie. Guárdese de mantener esperanzas ilusas, y recuerde que nunca, sin excepción, habrá una victoria sin lucha. ¡Libre en su ánimo esta batalla, y hágase fuerte leyéndome!

–Espero que nos volvamos a encontrar, maestro.

–¡Lo haremos! En el seno inmortal de la voluntad, en la vida eterna de la naturaleza, o acaso en la nada… ¡Pero léame, léame y descubrirá la verdad!

Sobre Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer nace en Dánzig, actual Gdansk (Polonia), en 1788. Aunque pasó la mayor parte de su vida bajo la sombra de un doloroso anonimato (a pesar de haber publicado una importante y voluminosa obra en dos volúmenes bajo el título de El mundo como voluntad y representación, así como otros opúsculos filosóficos), actualmente es considerado uno de los pensadores con mayor influencia en la filosofía y la literatura de finales del XIX y todo el siglo XX. Artistas, filósofos y literatos como Pío Baroja, Richard Wagner, Cioran, Kandinsky, Tolstoi, Thomas Mann, Beckett, Unamuno, Wittgenstein, Nietzsche, Freud o Borges fueron grandes lectores de Schopenhauer, hoy reconocido como el padre del irracionalismo y del pesimismo moderno. A partir de 1850 cobró gran fama y fue bautizado como “el Buda de Frankfurt”: a él acudían todo tipo de gentes como si de un oráculo se tratara. Sus días terminaron en la ciudad alemana de Frankfurt, en 1860, al amparo de una dulce y postrera fama.

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